125 años (I)

Hace poco más de veinte años, en septiembre de 2005,  publiqué este artículo en Europa Sur, dedicado a los cien años del asilo. Ahora, en un nuevo aniversario, lo comparto en este blog, con una imagen más reciente.

Fachada del asilo (avenida Blas Infante, 16). Foto de enero de 2025.

Ocupado, aunque no mucho, en la preparación de los actos oficiales del único centenario que conoce –el de la Conferencia que asoció el nombre de Algeciras al reparto de África entre las potencias de la época y a la última desgraciada aventura colonialista española–, el gobierno municipal ha perdido la oportunidad de celebrar los cien años de un acontecimiento de auténtica trascendencia social que tuvo lugar pocos meses antes del inicio de la Conferencia Internacional sobre Marruecos.

En su Historia de Algeciras, Pérez Petinto cuenta que “en 1905 se establecieron, en parte del edificio que fue Convento de la Merced, las hermanitas de Ancianos Desamparados”.

Que el viejo caserón, compartido con la cárcel del partido y con el juzgado de instrucción, no debía reunir condiciones para la función a que se destinaba, lo pone de relieve el hecho de que “al poco, las hermanas comenzaron […] un edificio propio para Asilo”. Aunque Pérez Petinto no lo dice, la primera piedra de lo que con el tiempo sería Asilo de San José fue colocada la tarde del 8 de septiembre de 1905, asistiendo al acto la Corporación Municipal, invitada por la superiora de la comunidad. Sin más ayuda de las administraciones públicas que una mínima subvención municipal, la participación generosa de los ciudadanos y de las organizaciones sociales, no solo de la ciudad sino de la comarca, fueron añadiendo piedras – muchas de la cantera de Los Guijos– a la primera.

En agosto de 1907, un diario de la época informaba de la celebración, en la plaza de toros de la Perseverancia, de una becerrada para recaudar fondos para el Asilo en la que la música la pusieron, gratis, la banda del Batallón Infantil y la de los Hermanos Cristianos, ambas de Gibraltar, y en la que actuaron como matadores cuatro jóvenes aficionados algecireños. El mismo periódico destacaba lo que llamaba rasgo generoso de uno de ellos: Diego López Tizón, auxiliar administrativo en el Ayuntamiento –que sería luego, en 1931, el primer alcalde republicano de Algeciras,– entregó a las hermanitas del Asilo las veinticinco pesetas (un tercio de su sueldo mensual) que le regaló una dama a la que brindó la muerte del becerro.

Las dificultades de la empresa fueron tantas que, a mediados de 1909, se anunciaba en la prensa la venta “del magnífico edificio, casi construido, que […] se destinaba a Asilo de Ancianos”. Felizmente, el tesón de las monjas y el esfuerzo y la ilusión de todos impidieron la venta y permitieron finalizar las obras de uno de los edificios más entrañables de la ciudad.

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